San Pedro Claver es una figura que sigue interpelando nuestro presente por la radicalidad de su amor, su servicio y su capacidad de reconocer la dignidad humana en medio del dolor y la injusticia. Su vida, entregada por completo a los esclavizados que llegaban a Cartagena, nos recuerda que la fe verdadera se hace gesto, cercanía y compasión concreta.
Claveriada nace inspirada en ese legado: como un espacio para que las nuevas generaciones zarpen también hacia el encuentro con el otro, escuchen las voces de quienes históricamente han sido silenciados y construyan identidad, memoria y esperanza desde el arte, la espiritualidad y la comunidad. Así como Pedro Claver se dejó transformar por el mar de culturas, historias y sufrimientos que encontró en América, Claveriada invita a los jóvenes a dejarse tocar por la realidad y a convertirse en protagonistas de una misión más humana, justa y fraterna.
A continuación, te compartimos la inspiración de cada día, teniendo como fuente al patrono de nuestra Provincia:
¡Zarpemos, peregrino!
Pedro y sus compañeros sintieron en sus rostros un fuerte golpe de brisa marina y un áspero sabor a salitre. El padre Mejía fue invitado a subir al puente de mando. Dirigiéndose a todos, dijo en voz alta: Recemos a Nuestra Señora la Santísima Virgen María, Madre de Dios, para que alcance de Nuestro Señor Jesucristo, su precioso Hijo, que nos conceda buen viaje a salvamento.En los ojos de todos se adivinaba un mundo de sueños, tierras de oro, ansiadas libertades e imaginadas maravillas. Todas las ambiciones tenían un nombre. Con el tiempo llegué a saber hasta qué punto aquel día Pedro se sintió frágil entre el cielo y el mar... Todo era horizonte, incógnita y alta mar.
Lamet, P. M. (s. f.). El esclavo blanco: Pedro Claver (fragmento, pp. 37–38). [Novela histórica].
Navegar mar adentro
Pedro meditaba cómo el mar había podido unir en la lejanía aquellos mundos tan diversos y se soñaba otro Javier, el gran amigo de Ignacio, cuando tocó puerto por primera vez en Oriente.
El joven jesuita no podía creer que se encontrara allí, a un paso del destino acariciado durante años. Apenas se daba cuenta de que ya sudaba con un calor húmedo y pegajoso, y de que le envolvía una atmósfera de calma que le acompañaría durante toda su vida.
Aquella noche, la primera de Indias, durmió mal el joven estudiante español, a pesar del cansancio, en su catre de la estrecha residencia de los jesuitas. Cuando ya empezaba a secarse el pegajoso sudor que le recorre todo el cuerpo, se asoma a respirar al mar anochecido, un mar tenebroso, que sin saber por qué le recordó el pecho de un inmenso africano moribundo.
Lamet, P. M. (s. f.). El esclavo blanco: Pedro Claver (fragmento, pp. 54-56). [Novela histórica].
Un llamado profundo
“¿Cómo puedo amar de verdad al Señor? ¿Qué debo hacer para agradarle? Enséñamelo. Él me da un gran deseo de ser todo suyo, pero no sé qué hacer”.
Esta era la pregunta que Pedro Claver, estudiante de filosofía en Palma de Mallorca (España), dirigía al portero del convento de los jesuitas, Alfonso Rodríguez. Éste, tras haber rezado largo tiempo, exhortó al joven a partir para evangelizar en América.
Inmediatamente después de haber sido consagrado sacerdote, recibió orden de sus superiores de dedicarse al ministerio de instruir y bautizar a los negros que llegan a esta ciudad. Y en ello se ocupó y ejercitó hasta su muerte con tanto fervor, devoción y celo apostólico por la conversión de las almas de los negros, que cuando celebró la profesión solemne del cuarto voto, escribió que se dedicaba y consagraba perpetuamente a Dios por todo el tiempo de su vida, y a procurar la salvación de sus dilectos negros; y lo selló con su firma.
(Testimonio del hermano Nicolás González, SJ, p. 84).
Reconciliar la travesía
"…Pedro Claver tenía un confesionario de madera detrás de la puerta de la iglesia de este Colegio que mira a la capilla que mira a Nuestra Señora del Milagro. En él permanecía confesando con gran constancia a todos los negros y negras de esta ciudad. En ello empleaba casi todo el día…"
(Testimonio del padre Pedro Mercado, Proceso de Canonización, p. 170-171)
"Y era tanto el amor que sentía por los negros y negras que no confesaba a otra persona española, sino solo a ellos, a los que llamaba, hijos e hijas suyos".
(Testimonio de doña Agustina Zapata, Proceso de Canonización, p. 175)
Portadores de la esperanza
Al llegar, les daba la bienvenida por medio de los intérpretes, abrazándolos y acariciándolos con mucho amor y celo; enseguida preguntaba si había enfermos en peligro o si habían nacido criaturas en el viaje.
En caso afirmativo, preguntaba si habían recibido el agua; si no, los bautizaba inmediatamente. Hacía lo mismo con los enfermos en peligro, catequizándolos e instruyéndolos según las circunstancias permitían… los intérpretes narraban cómo el padre Claver distribuía regalos a los negros, entregándolos a los enfermos con su propia mano y metiéndoles los bocados en la boca para que se consolaran. (Testimonio del Hermano Nicolás González, S.J., Proceso de Canonización, p. 87-88).
En la misma barca
Y así mismo vio cómo de un pequeño nicho que tenía en la pared de su confesionario sacaba algunos regalos y con sus mismas manos se los daba para que los comieran las negras enfermas.
Igualmente les daba algunos medicamentos para que con ellos se curasen, en especial dátiles. A otros daba espigas y romero…les daba algo para desayunar a los que lo necesitaban, colocándoles el alimento en la boca con su propia mano.
(Testimonio de Sebastiana Zapata, p. 172-173.)
Hacia nuevos horizontes
“El principal ministerio en que se ejercitaba el padre Claver era el de catequizar y bautizar a todos los negros que llegaban a esta tierra” (P.113)
Enseñaba de rodillas entre ellos, usando gestos, símbolos y repeticiones, como con un pañuelo al explicar la Trinidad: “hacía en su pañuelo tres pliegues y les mostraba cómo eran tres, después les decía y les mostraba haciéndoles ver cómo no era más que un solo paño; con lo cual más fácilmente creían dicho misterio” (P.101).
Les enseñaba a hacer la señal de la cruz, rezando juntos arrodillados. “Para atraer a estas gentes hay que hablarles primero con las manos y después con la lengua” (P.89): primero el gesto de amor, luego la palabra. Proceso de Canonización, p.113,101,89).


