Juanita Vargas

Medellín

El paro ha avivado en mi la esperanza de un mejor futuro para mi país. A Pesar de todas las noticias desalentadoras y que nos hacen encoger el corazón día a día, surgen múltiples iniciativas desde diferentes sectores de la sociedad que demuestran la conciencia del pueblo y nos moviliza a seguir luchando desde nuestras regiones y desdén nuestros contextos para aportar en la reconstrucción de nuestro estado y nuestra sociedad.

Paula Jiménez

Valle/Pacífico

La Red Juvenil Ignaciana ha sido, en mi vida, el “espacio” para reconstruirme a través de las experiencias y personas que me han acompañado desde mi vulnerabilidad. Entiendo este proceso a partir de espacios significativos en donde puedo ser yo misma. Es decir, trabajando para potenciar ese “yo”, ese liderazgo que parecía estar escondido en el pasado; inclusive, irrumpiendo en el silencio tan marcado en mi vida.

Dicho proceso ha significado volver a pasar, por el corazón, los maravillosos conceptos de amistad:  conectar, fluir, crecer, acompañar, estar y permanecer. Entender la conocida expresión “tiempos, lugares y personas” como algo que me lleva a compartir mi vida, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas, mis desafíos o mi formación, también significa recibir de vuelta la particularidad de cada existencia, de cada sueño compartido, de cada alegría y de cada lágrima, aún siendo seres desconocidos. En último término, reencontrarnos desde el servicio y desde nuestra espiritualidad; espiritualidad que es completamente diferente en cada una y cada uno. Además, en esta casa (CIJ) el sentimiento de calor de hogar está siempre presente.

Igualmente, ha sido reconocer mi país a través de las comunidades y de la inmensidad de los seres que habitan cada rincón en el cual he misionado: encontrando el amor en rostros concretos que, hoy, se convierten en una pequeña rememoración vital. Amor que perdura más allá de los kilómetros en donde surgieron estas relaciones. Misión tras misión, me he dado cuenta que ser y estar para los otros se siente bonito. Ha sido un proceso transversal de reconciliación, de volver a creer en un país abatido por la violencia, la desigualdad y el miedo, pero en el cual podemos encontrar la belleza y dignidad de sus habitantes. Amor y pie de lucha para seguir, apoyar y ayudar desde nuestros talentos, desde nuestra pasión, desde lo que somos y dejamos ser… siempre abrazándonos fuerte.

Para mí, la RJI ha sido precisamente esto: UN ABRAZO MUY FUERTE.

Un ABRAZO desde el conocernos y reconocernos,

Un abrazo desde el escucharnos.

Un abrazo desde el silencio y muchas veces desde el ruido inmenso de los pensamientos propios, tantas otras desde el ruido inmensurable de los pensamientos colectivos.

Un abrazo desde el miedo,

miedo con amor, miedo transformado en valentía.

Un abrazo desde lo nuevo,

Un abrazo desde adentro,

Un abrazo lleno de alegría y amor,

Un abrazo desde la fragilidad de nuestras particulares existencias,

Un abrazo con los ojos empapados,

pero confiando, siempre confiando.

Un abrazo lleno de esperanza,

Un abrazo largo y esperanzador.

 

Porque en este espacio, la RJI, se confía desde lo que se transforma, aunque al principio no tengas ni idea de qué te están hablando y no entiendas qué ven ellos y ellas en vos. Después estás parado al otro lado viendo como brilla cada persona con la que coincidís en el camino y como dice esta frase popular: “lo entendés todo”… Y, por supuesto, para mí la RIJ ha sido ¡encontrar mi poesía interior y mi conexión con lo infinito e intangible!

Pablo del Toro

Antioquia

Si tuviera que condensar mi experiencia en la Red Juvenil Ignaciana en una sola palabra sería Compañía, muy en concordancia con quien pertenece. Desde el primer momento que crucé la puerta de la CIJ, sin conocer a nadie de la Red, sentí algo que hace mucho no sentía: me di cuenta que no estaba solo, me motivé a seguir caminando y me llené de ganas de compartir la vida.

 

Después de años en el colegio, llenos de experiencias pastorales y espirituales, pensaba que mi etapa de la mano de la Compañía de Jesús había terminado. Sin embargo, sin saber muy bien porqué, decidí ir a Misión en Red. Esta ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida, pues puedo considerarla como una resurrección muy importante en mí. Esa decisión, al parecer no muy pensada, me permitió conocer un montón de rostros e historias, sin los cuales no sería la persona que soy hoy.

 

A la Red le debo cosas sumamente valiosas: una nueva experiencia de Dios en mí, en la comunidad, en el territorio y en el otro. Es imposible pasar un minuto con cualquiera de las personas que pertenecen a la Red y no encontrar en ellas, muy claramente, la presencia de Dios. De igual manera, me permitió volver a soñar con un país en el que, a veces, esto puede tornarse un poco complejo. No obstante, estar rodeado de tanta gente con un amor desbordado por el otro y por su comunidad hace imposible que se pierda la esperanza. Comprender la presencia de Dios en mí mismo significa entender la espiritualidad como un proceso contextual y político. Podría narrar muchos más aprendizajes, pero las líneas de este texto serían interminables.

 

Pero, más allá de lo mucho que me reconforta encontrar gente con la que tengo tantas cosas en común –sobre todo un amor incontrolable–, lo que yo más destaco de la Red es precisamente lo contrario: el valor y el profundo respeto por la diferencia. En otras palabras, dialogar sin tener una imposición radical ante cualquier postura; tener apertura hacia otras miradas y perspectivas. De hecho, valorar la diferencia, permitiendo hacernos amigos, solo es posible estando “plagados” de amor; y eso es lo que sobra en la Red, en todas las regiones del país, desde la costa Atlántica hasta el Amazonas.

 

La vida tiene sentido cuando se comparte con el otro, eso es lo que nos permite estar en Red. En ese sentido, el amor como elemento común, pero con una valoración por la diferencia, es lo que nos lleva a que la palabra “Compañía” tenga todo el significado. Mi experiencia en la Red me impulsa a pensar en que no es casualidad que el nombre Compañía de Jesús sea del que todo proviene, pues esto es lo que se encuentra en cada uno de los lugares donde está presente la Red Juvenil Ignaciana.

Paula López

Bucaramanga

Ignacio de Loyola fue un hombre soñador y fiel a sus convicciones, que quiso caminar y aventurarse por el mundo con su enorme fe, tratando de encontrar a Dios en todas las cosas.
Así mismo, las y los jóvenes colombianos cansados de tantas injusticias y de un país que no les permite soñar, decidimos unirnos y salir a las calles de manera multitudinaria, aún en medio de una pandemia mundial. Tanta era la desesperanza que ante la amenaza de un virus en las calles, nos unimos en un grito de lucha y libertad, porque las ganas de un cambio fueron más grandes que el miedo.
Por otra parte, es necesario aclarar que existen diferentes formas de manifestar y expresar el descontento colectivo, como lo son el arte, la música, la danza, la pintura, el compartir popular que toma fuerza en los barrios y comunas de las ciudades, entre otras. Todas deben ser respetadas y valoradas porque el arte también es revolución.
Las y los colombianos hemos pasado por mucho, sobrevivimos a una guerra de más de 50 años, hemos cargado con el peso del narcotráfico y con el dolor de las familias que lloran a sus muertos y desaparecidos, hemos sido testigos de conflictos internos que parecen nunca acabar, atravesamos una pandemia con un sistema de salud precario, y, aún así, decidimos continuar en pie de lucha.
Un país polarizado y hundido en la corrupción se levanta y grita: “¡Ya no más!”. Esto no se trata de elegir un bando político, la historia ha demostrado que las diferencias que se vuelven oposiciones se manifiestan como conflictos. Y eso es todo lo contrario a lo que se busca con la movilización.
Así pues, el colectivo toma como único enemigo al gobierno, un gobierno que oprime a sus ciudadanos, que violenta sus derechos, que irrespeta la constitución y desvirtúa sus principios fundamentales, en donde los privilegiados son unos pocos y la gran mayoría a penas logran sobrevivir, en donde millones de familias solo pueden comer una vez al día y un porcentaje más alto no consume agua potable.
En las calles se está defendiendo la vida, se reclama a gritos una vida digna y justa para todas y todos. Por ende, cuando se cuestionan las consecuencias del paro, se debe recordar las causas que nos hacen hoy estar acá.
El paro no va a parar, porque no hemos sido escuchados, el gobierno nos ha dado la espalda y se niega a entablar diálogos con los y las que estamos en las calles. La única respuesta que nos han dado es el atropello a nuestra integridad por parte de la fuerza pública. Entonces ¿cómo se espera lograr un acuerdo colectivo cuando no todas las partes están involucradas?
Finalmente, es fundamental resaltar la importancia de la empatía en tiempos de crisis, todos y todas tenemos los mismos derechos y deberes, pero cuando los derechos que yo tengo no los tienen otros y otras, entonces no son derechos, son privilegios. Se debe buscar el bien colectivo por encima del bien propio. Colombia tiene problemas estructurales muy profundos y la corrupción no va a desaparecer de la noche a la mañana, pero por algo se empieza.
En definitiva, esta generación tiene retos enormes, viene con una carga pesada de errores que cometieron nuestros antecesores que durante tanto tiempo han estado del lado del gobierno, pero eso no nos detendrá. Porque estamos dispuestos a corregir dichos errores y esto es lo más importante, que aún en medio de tanto caos, haya una luz de esperanza por conseguir un país en donde los y las jóvenes puedan soñar y no uno en el que sueñen con irse.
Hemos despertado y haremos que la sangre que ha sido derramada no sea en vano, somos combativos, resistiremos y cambiaremos nuestra historia, porque nos enorgullece nuestro país y nos avergüenza nuestro gobierno.

“Porque las ideas nunca mueren”.