Esta es la inscripción que preside el recinto del Congreso de la República. Pero las voces que allí se escuchan no son más que aquellas que representan la voz del pueblo. La gente suele expresarse directamente en otros espacios: en las calles, en las redes sociales (con sus más y sus menos), convertidas en callejones virtuales. Lo que hemos visto los últimos días en Bogotá y algunas ciudades del país ha sido una fuerte oleada de protesta, en su mayoría de jóvenes, quienes con indignación han rechazado los excesos de agentes de la Policía Nacional que terminaron en la muerte de Javier Ordóñez. Si en vez de estas voces de rechazo hubiésemos tenido silencio, ello habría sido la demostración incontrovertible de la descomposición moral de nuestra sociedad ¡Por fortuna se pronunciaron nuestros jóvenes! El vandalismo concomitante es otra cosa; es un recurso oportunista de quienes quieren sacar partido de estas voces legítimas de protesta, bien para sembrar zozobra, bien para estigmatizar la protesta social y justificar la represión del descontento. No podemos reducir, entonces, esta jornada, a los hechos de vandalismo que se presentaron,
los cuales produjeron daños económicos, muertes, represión y miedo.

No es la primera vez que los jóvenes se vuelcan a las calles a exigir del Gobierno respeto por los derechos humanos, reformas institucionales o cumplimiento de sus obligaciones constitucionales. Fueron estudiantes de la Universidad Nacional quienes en 1929 salieron a protestar contra el Gobierno de Abadía Méndez por la masacre de las bananeras. La marcha fue recibida a fuego de fusil dejando un estudiante muerto. Años después, el 8 de junio de 1954, los estudiantes salieron a marchar con ocasión del día del “estudiante caído” para hacer memoria de los hechos ocurridos en 1929 y contra la dictadura de Rojas Pinilla. En estas marchas fueron asesinados 11 estudiantes. Gracias a la inconformidad de los jóvenes se logró, con la “séptima papeleta”, la Constitución de 1991. Recientemente, en 2016, ante el NO del plebiscito por la paz que buscaba refrendar los acuerdos entre el Gobierno de Santos y las Farc, fueron los jóvenes quienes masivamente se volcaron a las calles de este país a exigir al Gobierno salvar el Acuerdo de Paz. Estos son apenas unos pocos ejemplos, entre cientos, en los cuales los jóvenes se constituyen en conciencia nacional y demandan de los gobiernos de turno un cambio de rumbo.

No podemos leer las protestas de esta semana desconectadas de las ocurridas a finales de 2019 y las programadas para comienzos de 2020, las que fueron interrumpidas abruptamente por las medidas de distanciamiento social y cuarentena, tomadas para reducir los efectos del COVID- 19. Lo acaecido esta semana no es más que una muestra del descontento que bulle dentro de nuestra sociedad, generadas por la pobreza, desigualdad, falta de oportunidades, la mutación del conflicto e incapacidad creciente de este Gobierno de tramitar de manera adecuada las voces de inconformidad. Si bien estos meses de pandemia han servido, en alguna medida, de muro de contención de esa ola de protestas iniciadas el año pasado, también es cierto que este tiempo nos ha revelado con mayor dramatismo dónde están nuestros problemas sociales y las precariedades del Estado.

El oscuro panorama que vivimos compromete gravemente el futuro de los jóvenes. ¿Cómo pedirles que permanezcan pasivos ante una cifra de desempleo que hace tiempo supero los dos dígitos? ¿Cómo exigirles que mantengan la calma frente a las bajas oportunidades de educación técnica y universitaria? ¿Acaso deben permanecer ciegos, sordos y mudos ante una clase dirigente cada vez más comprometida y puesta al servicio de los grandes capitales que del bien común? ¿Quién dijo que la generación de nuestros jóvenes tiene también que vincularse a un viejo conflicto de más de 50 años que no hemos podido superar?

Frente a la resignación impuesta a sangre y fuego por el establecimiento siempre ha surgido la inconformidad fresca, renovada y esperanzadora de nuestros jóvenes. Son ellos los que gritan en las calles que es posible lo imposible.

¡Los jóvenes son la conciencia moral de nuestro país! No se ve otra por el momento.

John Jairo Montoya S.J.
Revista Cien Días

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