Stivel Toloza Blanco S.J.

Probablemente de todos nuestros sentimientos,
el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza.
La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.
Julio Cortázar

Como si fuese un ejercicio de contemplación, intentemos viajar con la ayuda de la imaginación y de nuestros sentidos al 31 de diciembre del 2019. Procura pensar dónde estabas. Con quiénes compartiste aquella noche que daba fin a un año en el calendario y que marcaba el inicio de un año nuevo colmado de expectativas y buenos deseos. Cuáles eran los sentimientos que albergaba tu
corazón aquel dia. Y situándonos en dicho recuerdo, podemos entrever que es poco probable que alguien de nosotros en su lista de propósitos para el año 2020 haya proyectado o soñado vivir una pandemia que vendría a desafiarnos en lo más profundo de nuestra humanidad.

El mundo se debate en intensas discusiones y acusaciones sobre el origen del Covid 19. No sabemos a ciencia cierta cuándo habrá una respuesta definitiva a dicha pregunta. Sin embargo, lo que no podemos negar es que en este tiempo de pandemia el ritmo desenfrenado de nuestras vidas se vio obligado a entrar en un incómodo y, para no pocos, agobiante nuevo “ritmo” marcado en general
por el miedo, la impotencia, la incertidumbre e incluso como todos lo hemos presenciado por la realidad innegable de la muerte.

En ese orden de ideas, en esta reflexión no es mi propósito hacer una disertación académica o un análisis estadístico sobre las consecuencias que viene teniendo el coronavirus para nuestro mundo y para los jóvenes de nuestro continente latinoamericano. Para ello tenemos diferentes fuentes que nos pueden iluminar idóneamente en ese propósito. Más bien, encuentro importante señalar una pregunta que está lejos de ser resuelta en estas páginas y que siento urge reflexionar con toda decisión dentro de nuestros procesos de acompañamiento a los jóvenes de nuestra Provincia:

¿Cómo anunciar la esperanza a los jóvenes en medio de esta pandemia?

Más aún, y con un tono más contundente: ¿son los mismos jóvenes un signo fundamental de la esperanza en esta pandemia? Estas preguntas y tantas otras que podemos formularnos dentro de este horizonte, nos llevan entonces a profundizar en cómo podemos seguir haciendo realidad la Preferencia Apostólica Universal promulgada por la Compañía de Jesús en la que se nos llama a acompañar a los jóvenes en la construcción de un futuro esperanzador. Como director de la Red Juvenil Ignaciana y del Movimiento Juvenil Huellas en Colombia he podido ser testigo de jóvenes que se convierten en signo de esperanza en este tiempo que hoy vivimos en el cual son más las incertidumbres que se les han abierto a los jóvenes sobre su presente y su futuro que las certezas sobre su propio bienestar y porvenir. Quisiera, por lo tanto, compartir a continuación dos signos de esperanza que pueden contribuir
a la reflexión de la pregunta antes planteada.

  • Hasta que amemos la vida

Hasta que amemos la vida, así se titula la canción de un artista bogotano en la que nombra diversos colombianos y colombianas que han sido asesinados en el conflicto armado colombiano 2 . Y junto al titulo un mural llamado: “en memoria de los y las jóvenes conscientes para la transformación de nuestro país”.  Este mural elaborado por jóvenes artistas de la Red Juvenil Ignaciana representa acuatro jóvenes asesinados recientemente como consecuencia de acciones violentas que han tenido lugar en medio de la pandemia y en los conflictos sociales recientes del país. En este orden de ideas, en las últimas 12 semanas en Colombia han sido asesinados más de 90 jóvenes como consecuencia de masacres. A ellos y ellas se los ha llevado la violencia. Y esto que parece una frívola estadística, representa un agravante para los jóvenes colombianos durante esta pandemia. En consecuencia, las juventudes en este país no solamente se enfrentan a una realidad social en donde son marginalizados a través del desempleo juvenil, la falta de posibilidades de estudio y tantas otras realidades injustas para ellos, no, sino, además, se enfrentan a diario a un país que está asesinando a sus jóvenes, apagando tantas vidas y pisoteando para siempre tantos sueños. Emerge nuevamente, como un recordatorio que no descansa, la pregunta por
la esperanza en este contexto de desesperanzas. En la víspera de la Pascua de este año el Papa Francisco le anunció al mundo un mensaje claro: la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra sobre la vida. Y en medio de la desolación que en Colombia ha causado la muerte de jóvenes emerge el primer signo de esperanza del cual ellos y ellas son valientes protagonistas.

En medio de la pandemia y haciendo uso especialmente de las redes sociales y de una riqueza infinita de expresiones artísticas, las juventudes en Colombia se vienen manifestando en torno a la defensa del don sagrado de la vida. Exigiendo políticas públicas eficaces que dignifiquen la vida de la juventud. Resuena en el corazón de muchos jóvenes cristianos e incluso no cristianos las
palabras del Papa en el que ha invitado a los jóvenes del mundo a no renunciar a la alegría y la esperanza.

Sería ingenuo desconocer el drama de muchos jóvenes. Podríamos analizar aquí en numerosas páginas todos los fenómenos sociales a los cuales se han enfrentado en este tiempo del coronavirus. No obstante, lo que pretendo rescatar aquí es la valentía de nuestros jóvenes ¡Su valentía es ya un verdadero signo de esperanza! Una valentía que no se manifiesta de manera individualista o solitaria, todo lo contrario, los jóvenes en su más rica diversidad y diferencia, son capaces de encontrarse para gritar, resistir, denunciar, proponer y actuar. Esta pandemia ha acrecentado en los jóvenes su ingenio y creatividad. Ha fortalecido su capacidad crítica y propositiva ante un gobierno ineficiente a la hora de defender la vida y los derechos de los ciudadanos más jóvenes tanto rurales como urbanos. Las pantallas de los dispositivos móviles y de los computadores se han llenado de pequeños recuadros donde también se defiende y cultiva la vida. Como decimos en Colombia el “parche” se reúne para expresar aquello que más les indigna en lo más profundo y que trasluce el sincero anhelo de una América Latina y una Colombia verdaderamente en paz y reconciliada.

  • Silenciosos en la acción

En general, pues siempre hay excepciones, muchos jóvenes hoy pueden asociar el silencio al tédio, a una actitud imposible de vivir en esta era digital, lo relacionamos quizá con monjes busdistas y monasterios situados en las cumbres de las montañas. Basta con mirar los retiros espirituales que ofrecemos a los jóvenes de nuestras instituciones educativas o sociales. Cada vez más tenemos que acudir a películas, a actividades lúdicas, a rondas recreativas etc., para posibilitar que los retiros no sean “aburridos” y en consecuencia evitar que éstos dejen de ser atractivos para ellos.
Sin pretender subestimar estas estrategias didácticas para que los jóvenes se encuentren con su Creador, pues todas estas metodologías se convierten en medios importantes para alcanzar dicho fin, creo que vale la pena traer a la reflexión el lugar y la vigencia que el silencio tiene hoy en el camino espiritual de los jóvenes y cómo esta escucha profunda puede llegar a ser o seguir siendo en esta pandemia un elemento que en sus vidas pueda contribuir y animarlos a la transformación más auténtica y decidida de si mismos y de la realidad.

En ese sentido, el confinamiento durante la pandemia nos ha puesto delante del rostro del silencio. Para algunos ha sido la posibilidad de ver con una mirada renovada la propia vida y, en ella, las relaciones interpersonales, las alegrías o las tristezas. Incluso algunos otros se han llegado a replantear las opciones más fundamentales de la existencia. He escuchado a jóvenes que han podido a lo largo de estos meses sanar relaciones con su familia, con sus parejas y sobre todo consigo mismos. Asimismo he conversado con jóvenes que han tenido que vérselas con el tedio,
el miedo, el aburrimiento, el desempleo, la zozobra, la muerte de seres queridos y tantas otras emociones o circunstancias que han hecho de este tiempo de cuarentena una prueba difícil de asumir y de enfrentar. A la luz de lo anterior, surge entonces una doble responsabilidad en este camino de la esperanza. En primer lugar, la responsabilidad de los propios jóvenes quienes son llamados a no dejar que este tiempo pase sin más en sus vidas. Esta es una tarea que solo puede ser emprendida desde la libertad, desde una fecunda fidelidad con la propia autenticidad.

En segundo lugar, para quienes tenemos la gracia y la alegría de compartir lavida y la misión con jóvenes, se hace necesario discernir con generosidad el modo como podemos actualizar la Preferencia Apostólica de caminar junto a los jóvenes en la construcción de un presente y de un futuro esperanzador. Esta pandemia también debe cuestionar a fondo nuestros paradigmas y los
modelos de pastoral juvenil que configuran la misión. La invitación entonces consiste en silenciarnos para escuchar la voz del Espíritu que no cesa de hablarnos a través de los jóvenes. Dicho lo anterior, comprendemos que no es casualidad que la Preferencia Apostólica Universal sobre los jóvenes inicie con el verbo acompañar. Este verbo tan típico de la espiritualidad ignaciana es hoy un imperativo y un llamado del Espíritu que nos vincula a todos. La pandemia, sin duda, nos ha mostrado nuevas formas de acompañarnos en la esperanza. En ese sentido, nos ha hecho valorar radicalmente el valor de la presencialidad, el poder de un abrazo y, al mismo tiempo, nos ha mostrado las bondades de la virtualidad como un espacio de verdadero encuentro que no se ve limitado por fronteras y distancias.

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